Carlos Dada, director de El Faro: “Lo más importante que el periodismo puede hacer en una dictadura es decir la verdad”
El periodista salvadoreño Carlos Dada, director y co-fundador de El Faro.
Carlos Dada es uno de los periodistas más respetados del mundo, pero no puede ejercer el periodismo en su país. Fundador y director del periódico El Faro, Dada vive hoy en el exilio. Primero se fue empujado por las amenazas de las pandillas que sumen a El Salvador en la violencia desde hace décadas. Más recientemente, por el acoso del presidente Nayib Bukele, que ha obligado a El Faro a trasladar su sede a Costa Rica y a informar desde el exilio sobre lo que ocurre en su país.
Como reportero, Dada ha escrito crónicas excelentes, como este texto que aportó luz sobre el asesinato del arzobispo Óscar Romero, que sacudió El Salvador en marzo de 1980 y fue el prólogo una guerra civil que se extendió hasta 1992. Como director de El Faro, ha editado y publicado decenas de investigaciones que han destapado la corrupción de gobiernos a izquierda y derecha, y sus negociaciones con los líderes de las pandillas que han asesinado a miles de salvadoreños desde el final de la guerra civil.
Este trabajo valiente y riguroso ha otorgado a Dada un sinfín de reconocimientos, del Premio Maria Moors Cabot de la Universidad de Columbia en 2011 al World Press Freedom Hero del International Press Institute en 2022. Por desgracia, le ha llevado también a recibir amenazas de muerte y a ser espiado por su propio Gobierno en un episodio que afectó a la mayoría de su redacción.
Hace unos años, Dada vio un dron entrar en su apartamento de San Salvador. Le gustaba escribir con los ventanales abiertos, mirando al volcán de San Salvador. Casi tres décadas después y a miles de kilómetros de aquellos ventanales, hoy se enfrenta al mayor desafío de su carrera: dirigir desde Europa a un equipo de reporteros desperdigados por el mundo y seguir publicando información de interés público sobre su país.
Carlos Dada estará en Oxford el lunes 9 de marzo para impartir la Reuters Memorial Lecture, el evento más importante que el Instituto Reuters organiza cada año. Hace unos días hablé con él sobre la trayectoria de El Faro, las amenazas a sus reporteros, y la forma en que siguen haciendo su trabajo en condiciones cada vez más adversas. He condensado nuestra conversación por claridad y brevedad.
P. El Faro nace en 1998 como un diario exclusivamente digital. ¿Por qué?
R. Nos encanta que nos digan que aquello fue vanguardista… aunque en realidad es mentira. Mi socio Jorge Simán y yo estábamos regresando del exilio y El Salvador estaba saliendo de la guerra civil. Entonces pensamos que aquella nueva era democrática necesitaba otro tipo de periodismo: uno que se pareciera más a lo que habíamos visto Jorge y yo fuera, sobre todo en Estados Unidos. Eran los corresponsales de los diarios de EEUU quienes nos contaban lo que estaba pasando en El Salvador.
Aquí viene nuestro falso papel de visionarios. El Faro fue el sexto periódico puramente digital en el mundo y el primero fundado en América Latina. Pero si lo sacamos en Internet fue porque no teníamos dinero para hacer un periódico impreso. De hecho, fuimos tan visionarios que en nuestro primer editorial le prometimos a nuestros lectores que sacaríamos un periódico en papel.
P. ¿Cómo era el periodismo en El Salvador antes de El Faro?
R. Era un periodismo tratando de sacudirse las prácticas ejercidas durante la guerra civil. Entonces los periódicos reproducían partes militares o comunicaciones políticas. No existía el periodismo de investigación. No había experimentación. No había crónica.
Pero muchos de esos periodistas eran conscientes de que había llegado el momento de un nuevo periodismo. Poco a poco mi generación empezó a apropiarse de las redacciones y El Faro no estuvo solo.
P. Es un proceso similar al que vivió España unos años antes. Se acaba una dictadura y nace un periodismo empujado por la llegada de las libertades.
R. Has hecho un paralelismo muy preciso. Esa efervescencia de la llegada de la democracia inundó toda la sociedad y no sólo el periodismo. Es un momento maravilloso en El Salvador en todos los ámbitos: culturales, artísticos, sociales, intelectuales.
Esa época hoy por desgracia la vemos como un paréntesis. No sabemos cómo evolucionará. Pero sí sabemos que hay algo que quedó atrás y fueron esos años de democracia y de libertad de expresión.
P. ¿Qué obstáculos tuvieron que salvar en aquellos primeros años?
R. El mayor desafío fue aprender a hacer el periodismo que queríamos hacer. La historia de El Salvador es una historia de generaciones truncadas una tras otra por revoluciones y golpes de Estado, y eso desemboca en la ausencia de una tradición periodística. Nosotros no teníamos maestros y aprendimos a base de prueba y error. Nuestra ventaja fue que al principio nadie nos leía: el precio que debíamos pagar por los errores era mucho menor. Pero nosotros siempre nos evaluamos a nosotros mismos de una manera muy crítica, como si nos leyera el mundo entero.
P. ¿Lo siguen haciendo?
R. Por supuesto. Lo hacemos en una reunión semanal que seguimos teniendo hoy. Nos reunimos todos a discutir qué hemos hecho mal y qué podríamos mejorar, y esto se convierte en un diálogo periodístico riquísimo que nos ha ayudado a ir creciendo.
P. He leído que Nayib Bukele intentó comprar El Faro antes de entrar en política.
R. Así es. Yo los conocí a él y a su socio, Peter Dumas, y un día me invitaron a tomar un café. Entonces Bukele ya planeaba entrar en política, pero yo no lo sabía. Me dijeron que querían comprar El Faro, que les gustaba mucho. Yo les dije que les agradecía el interés pero que El Faro no estaba en venta.
Me dijeron, muy generosos ambos, que no les interesaba hacerse con la dirección del periódico y que yo podía seguir siendo el director; que sólo les interesaba comprar el 51% de la propiedad. Yo les agradecí su generosidad y simplemente cambié de tema. Dumas es hoy el jefe de los servicios de inteligencia de El Salvador y el responsable de haber espiado con Pegasus a decenas de periodistas de El Faro.
P. Supongo que usted ha vuelto a pensar en aquella conversación muchas veces. ¿Qué buscaba Bukele al comprar El Faro?
R. El control de los medios y las plataformas es un pilar fundamental en la concepción del poder de Bukele. El Faro ya tenía entonces un cierto prestigio y el propio Bukele decía que era el único periódico que valía la pena en El Salvador. Pero al negarme a vendérselo, él puso un canal de televisión. He pensado mucho sobre esa conversación. Mi impresión es que ya entonces Bukele veía la necesidad de contar con una plataforma creíble para impulsar un proyecto político.
P. Bukele fue uno de los primeros políticos en servirse de Twitter para ganar votos. Empezó a hacerlo antes que Trump, y muchos lo han imitado después. ¿Cómo vivieron la emergencia de ese liderazgo tan distinto?
R. Cuando Bukele empezó con esta manera de hacer política, la gente lo percibió como aire fresco. El país estaba aún dominado por cúpulas políticas que venían de hacer la guerra y que no se renovaban ni en sus prácticas ni en su pensamiento ni en su agenda política. Entonces Bukele irrumpió como alguien que estaba hablando directamente con una generación que hablaba otro idioma y ya no conectaba con esas cúpulas.
En la primera campaña presidencial de Bukele en 2019, apenas hizo dos mítines públicos: el resto de la campaña la hizo en redes sociales. Recuerdo que uno de los principales intelectuales del país dijo “Los troles no votan” y esgrimió que era imposible que este señor ganara las elecciones. No volvimos a saber de él.
Bukele sabía cosas de los salvadoreños que aquella generación no sabía, y ganó en primera vuelta. Él solo sacó más votos que todos los demás partidos juntos.
P. ¿Cómo hace el periodismo para informar de un político que tiene ese acceso directo a la ciudadanía?
R. En ese sentido, tal vez llevábamos una ventaja sobre los periódicos diarios y los noticieros televisivos, que están acostumbrados a cubrir la noticia del día. Al no tener ese ritmo, nosotros estábamos mucho más acostumbrados a no distraernos por la agenda diaria y a concentrarnos en los asuntos en los que nosotros decidíamos dirigir la mirada.
Esto fue una bendición con la llegada de Bukele, porque una de sus estrategias fundamentales es copar toda la agenda y decidir hacia dónde dirige la mirada todo el mundo. Cuando tiene un pequeño problema, hace que todo el mundo vuelva la mirada hacia otro lado creando otro hecho político.
Nosotros comprendimos muy pronto su manera de funcionar. Cuando Bukele quiere dirigir tu mirada acá, es porque está escondiendo algo en otro lado.
P. El Faro ha investigado a fondo las negociaciones de Bukele con las pandillas y ha publicado exclusivas que contradicen su imagen de político implacable. Pero esa imagen persiste y muchos líderes de la región se presentan como clones de Bukele e imitan su discurso y sus políticas. ¿Cómo llevan la disonancia entre lo que revela El Faro sobre Bukele y su imagen pública?
R. Es muy frustrante, pero es parte de este trabajo. El periodismo es un oficio frustrante en todos los lugares del mundo. Yo suelo decir que el Watergate es lo peor que le pudo pasar al periodismo.
P. ¿Por qué?
R. Porque hace que todo el mundo crea que si hace bien su trabajo, las cosas cambiarán de inmediato, y esto no es una regla sino una excepción. El periodismo siempre es frustrante. Pero a eso agrégale hacer periodismo como el que hacemos en un país como El Salvador y bajo una dictadura tan peculiar como la de Bukele.
En El Salvador ya no hay oposición. Las voces críticas han sido silenciadas una a una mediante cárcel o amenazas o coerción. Eso hace que vayamos quedando muy pocos. No estamos solos, pero no somos muchos. Por eso no suelen funcionar las cosas.
Cuando uno publica algo, lo lógico es que sea sujeto de debate público y que sectores de la sociedad se hagan eco de esa noticia y exijan una rendición de cuentas. Cuando esos otros sectores de la sociedad no funcionan de manera sana, cuando están oprimidos por la dictadura, esto tiene menos efecto.
Dicho esto, es importante reconocer que Bukele ha desmantelado las pandillas en muchas comunidades. Esto es cierto y es probablemente el cambio más trascendental en la vida de las personas que habitan esas comunidades. Otra cosa es el precio que estamos pagando por eso y todas las mentiras que hay detrás de lo que se presenta como un triunfo inobjetable. Pero hay un hecho, y es que hay muchas comunidades que vivían bajo el yugo de las pandillas y que ya no viven bajo el yugo de las pandillas. Si uno observa todas las encuestas, éste es el único logro de Bukele y el que sustenta su abrumador apoyo popular.
P. No han visto un impacto grande de sus exclusivas. ¿Pero quizá sí pequeños impactos?
R. Por supuesto. El más visible llegó en mayo del año pasado. Decidimos sacar una revista y el primer número fue una entrevista con dos cabecillas de la pandilla Barrio 18. Decidimos publicar la entrevista en video, algo que no solemos hacer. Estos dos pandilleros cuentan cómo fueron liberados y después cuentan los pormenores del acuerdo. Dicen por ejemplo que oficiales del Gobierno de Bukele les dijeron: “Hagan lo que quieran, pero no queremos ver cuerpos. Sin cuerpo no hay delito.”
Esta frase se volvió viral y esto tuvo un impacto tremendo. Mi país tiene seis millones de habitantes y ese vídeo lo vieron dos millones y medio de personas. Esto es una locura, y es la primera vez que Bukele y su equipo quedan absolutamente descolocados. No sabían cómo lidiar con esto porque es tan grande, se ha vuelto tan grande la pelota de nieve…
P. ¿Cómo reaccionaron?
R. Hasta entonces cada vez que sacábamos una noticia sobre sus negociaciones con las pandillas decían que nos lo estábamos inventando. Pero en ese video hay una cosa que no pueden negar: que estamos hablando con dos pandilleros en libertad que podrían estar en la cárcel. Este primer hecho neutraliza su reacción habitual.
P. ¿Qué siguió a eso?
R. Bukele apretó las tuercas de la represión y terminó empujando al exilio no sólo a los periodistas de El Faro sino a casi todo el periodismo independiente de El Salvador y a los defensores de los derechos humanos.
Pero nuestras investigaciones han tenido también impacto en Estados Unidos. Parte del acuerdo secreto entre Bukele y las pandillas fue liberar ilegalmente y a escondidas a sus principales cabecillas. Nosotros registramos estas liberaciones, y estos eran cabecillas que Estados Unidos estaba intentando extraditar. Al final terminaron capturados en México y fueron trasladados a Estados Unidos, donde están todavía esperando juicio.
Esta historia aún está viva porque la amistad de Bukele con Trump ha llevado a que el Departamento de Justicia esté solicitando desestimar los casos contra esos pandilleros para que no cuenten el acuerdo. Lo que Bukele no ha podido evitar es que los grandes medios estadounidenses retomen esta historia y hablen de ella.
P. El Faro ha sufrido una represión brutal en los últimos años. ¿Cómo ha evolucionado desde la llegada al poder de Bukele en 2019?
R. Bukele empezó a romper con nosotros el 9 de febrero de 2020. ¿Qué pasó ese día? Que tomó la Asamblea Legislativa rodeado de un pelotón de soldados y nosotros publicamos un editorial que se titula Maneras de dictador donde condenamos aquel hecho.
Desde entonces Bukele empezó a dar señales claras de su aversión por nuestro periodismo. Primero nos prohibieron la entrada a las ruedas de prensa y se inventaron una falsa agresión sexual [que niegan tanto El Faro como la supuesta víctima]. Después el presidente sacó mi foto en cadena nacional en plena pandemia y me acusó de lavar dinero.
Entonces vinieron las auditorías fiscales y temimos que el Gobierno fuera a incautar El Faro y lo convirtiera en una plataforma para diseminar noticias falsas. Por eso decidimos sacar la empresa a Costa Rica. Nosotros seguimos afrontando esos juicios en El Salvador por evasión de impuestos, pero El Faro Bukele ya no lo puede tocar porque lo pusimos fuera de su alcance.
Después vino todo lo demás: la visita de policías a las casas, las esperas de gente afuera, personas extrañas que se sentaban en los cafés a los que íbamos a hablar con nuestras fuentes. Vinieron los drones entrando por nuestras ventanas y el espionaje con Pegasus a 22 de los 30 miembros de El Faro. Tuvimos Pegasus en nuestros móviles durante año y medio. Ese espionaje lo definió el Citizen Lab de la Universidad de Toronto como “obsesivo” y parecía una locura porque la cantidad de dinero que invirtieron en tenernos interceptados es difícil de explicar.
P. Ustedes denunciaron a NSO, la empresa israelí que fabrica Pegasus, y ese caso sigue en los tribunales.
R. Efectivamente, nosotros presentamos en California una demanda contra NSO con la ayuda del Knight First Amendment Institute de la Universidad de Columbia. La empresa ha dicho en algunos juicios anteriores que ellos sólo venden su software para combatir organizaciones terroristas.
Un juez desestimó el caso en primera instancia con el argumento de que debíamos denunciar en Israel o en El Salvador y nuestros abogados han presentado un recurso que por ahora no se ha resuelto. Pero para nosotros esa demanda ya es un gran triunfo: porque ha puesto a quienes nos atacan a la defensiva y ha demostrado que no estamos arrinconados temblando de miedo sino dando la batalla. Esto para mí es muy importante.
P. La redacción de El Faro está ya fuera de El Salvador. Los periodistas de Nicaragua y Venezuela han pasado por un proceso similar. ¿Hay algo que puedan aprender de ellos?
R. Nosotros estamos en contacto constante con nuestros colegas nicaragüenses y venezolanos, que han aprendido a cubrir un país desde el exilio. Para nosotros es un gran desafío y estamos obligados a tomar lo que ellos aprendieron y dar un paso más en estos conocimientos que podamos transferir a otros colegas que pasen por esta situación en el futuro.
P. ¿Cuál diría que es el reto más grande que afrontan ahora? ¿Conservar el sentido de la realidad?
R. Efectivamente. Nuestro principal riesgo es convertirnos en un periódico de exiliados para exiliados, y el primer paso para evitar ese riesgo es ser consciente de que necesitamos seguir en contacto con ese país. Necesitamos seguir siendo útiles a quienes habitan en ese país. Si no, no tiene sentido El Faro.
Lo más importante que el periodismo puede hacer ante una dictadura es decir la verdad. La verdad es una palabra que suena muy grandota. Pero la verdad en el periodismo requiere de la aplicación de un método para explicar fenómenos que están pasando fuera de nuestras cabezas. El problema del exiliado es que sigue viviendo en un país que ya no existe: el país que dejó atrás.
P. ¿Cómo explican ustedes esos estándares en un entorno en el que tantos agitadores difunden mensajes falsos y demagógicos?
R. No sé cómo responder a esto. No quiero sonar autocomplaciente. Pero nosotros no estamos en un concurso de popularidad contra estos regímenes. Yo entiendo la importancia de que tu trabajo tenga impacto. Pero me cansa un poco escuchar por todos lados que el impacto es más importante que el trabajo.
Y lo dicen incluso aliados tradicionales del periodismo, que empiezan a decir que el impacto es más importante. Esto quiere decir que no están por la labor de ayudarnos a tener más impacto sino de sustituirnos por personajes que no necesitan aplicar con rigor un método periodístico y que por lo tanto pueden decir cosas con mayor inmediatez y visibilidad.
Nosotros estamos haciendo ahora periodismo sin recursos porque una dictadura es muy hábil en cortarte las vías financieras. Estamos haciendo periodismo desde el exilio y se nos pide que el trabajo que tanto nos está costando hacer tenga un enorme impacto. Y como no está teniendo el impacto que desean algunos de nuestros aliados tradicionales, ahora nos quieren sustituir por lo que llaman creadores de contenido.
Dicho esto, no quiero sonar autocomplaciente. Nosotros en El Faro no rehuimos experimentar. Tardamos mucho en entrar en TikTok. Yo le dije a un equipo de jóvenes: “Enséñenme un proyecto que nos permita mantener nuestro ADN en TikTok y nos metemos.” Y lo cierto es que estos jóvenes presentaron un proyecto que yo creo que nos lo está permitiendo.
P. El periodismo en Latinoamérica ha sufrido una enorme crisis de financiación en los últimos dos años. ¿Cómo ha afectado a El Faro?
R. El recorte de la ayuda de USAID causó una herida profunda en el periodismo latinoamericano. A nosotros nuestros estatutos nos impiden recibir dinero del Gobierno de Estados Unidos. Pero ese recorte nos acabó afectando de rebote. Por ejemplo, muchos de nuestros colegas que se quedaron sin fondos tocaron en las pocas puertas que quedan y de pronto hay menos recursos para más gente.
P. Usted suele recordar que concibe su trabajo con una cierta perspectiva histórica: la importancia de dejar constancia de lo que ocurrió en este periodo que un día deberán contar los historiadores.
R. Eso es importante. Pero a juzgar por cómo va el mundo, quedan pocas dudas de lo amnésico que es el ser humano. Ya no recordamos adónde llevan estos populismos fascistas. ¡Y lo sabemos porque está en los libros de Historia!
Pero la primera lección de la historia es que todo periodo termina, y eso es importante para nosotros. Porque cuando este periodo de nuestra historia termine, a mí me gustaría creer que nuestro periodismo va a quedar ahí y eso requiere mantenernos aferrados al rigor y no caer en intercambios vulgares a los que nos invitan todos los días. Esa es la única manera de mantener nuestro legado a salvo.
P. Los periodistas de Estados Unidos afrontan ahora una etapa oscura. ¿Qué les aconsejaría?
R. Nosotros durante nuestros primeros años veíamos mucho hacia el periodismo estadounidense, hacia el periodismo europeo, para tratar de aprender lecciones de lo que leíamos. Yo escucho hablar a mis colegas en Europa y en Estados Unidos, y me parece que operamos en universos distintos.
El periodismo estadounidense ha dejado de ser un referente para muchos de nosotros. En gran medida por lo que pasó en Gaza, pero sobre todo porque, ante la amenaza que representa el trumpismo, muchos medios de Estados Unidos han optado por capitular.
¿Qué les diría yo ahora a los periodistas de Estados Unidos? Los primeros dos consejos que les daría serían que no renuncien porque son necesarios y que no hagan concesiones, porque hacer concesiones es peor que renunciar. Les diría también: háganle caso al tuit pero no tanto porque los tuits de Trump (como los de Bukele) son una estrategia de distracción. Por último, les diría que no normalicen aquello que no hay que normalizar porque esta es otra parte fundamental de la estrategia de estos líderes: normalizar lo que nos parecía escandaloso hace unos años.
P. ¿Internet nos ha dado a los periodistas más o menos de los que de lo que nos ha quitado?
R. Yo no creo que las tecnologías sean morales. Lo moral es el uso que les damos y cómo las regulamos. Internet ha sido una de las más grandes revoluciones en la historia de la humanidad. Sin internet, El Faro no existiría. Internet nos ha puesto bibliotecas enteras en la palma de la mano y nos ha facilitado la vida de muchas maneras. Es lo que nos ha permitido saber qué pasa en Gaza cuando todo lo demás es un puro apagón mediático. El problema está en otro lado.
El problema no solo está en cómo usamos Internet, sino en cómo permitimos que se use. Esto tiene que ver con quien permite las cosas: quienes tienen poder económico, los dueños de estas empresas tecnológicas, o quienes tienen poder político, que son los que las regulan o se niegan a regularlas. Esto es lo que ha convertido a los espacios de internet en unos lugares nefastos que nos están llevando a un nihilismo global terrible. Nos estamos convirtiendo en individuos desconectados. Así es imposible construir sociedades mejores.
En cada correo te enviamos historias originales, claves de nuestros informes, seminarios online y lecturas seleccionadas de decenas de fuentes - todo en 4 minutos.
- Cada sábado
- Más de 4.000 suscriptores
- Cancela cuando quieras